Tu comunión, un recuerdo a revivir

¿Quién no recuerda el día de su comunión? Todo el mundo en mayor o menor medida celebró aquel día, tendríamos 8 ó 9 años y estábamos entusiasmados por tener un evento en el que por fin fuésemos los protagonistas, donde todo girase a nuestro alrededor y las miradas fuesen hacia nosotros.

En mi día, allá por el pleistoceno, recuerdo perfectamente cómo me sentía, ESPECIAL, y eso que dado el carácter de mis padres no fue una gran celebración, pero aun así era algo mío, un día en el yo y só

lo yo era el centro del universo.


A las 11:30 era la misa, donde me reuniría con demás compañeros y amigos, así que tenía que estar preparada una hora antes aproximadamente. Me puse aquel “vestido de princesa” que me habían dejado para la ocasión. Era blanco roto, voluminoso, sencillo, algo que yo odiaba, porque con aquellos años hubiese preferido ir tipo Sissí Emperatriz (gracias mamá por no haberme dejado), y con cierto estilo marinero. El pelo lo lleve muy normalito liso, a melenita y simplemente con una florecilla cogida arriba del todo. Los zapatos…¡ay mis zapatos! ¡eran lo más! esta vez sí me habían dejado elegir a mí, eran preciosos, muy finos y se ataban con una florecilla de perlas. ¡Ya estaba preparada!

A la hora de ir a la iglesia tuve que ir andando, ya que era en un pueblo y vivía relativamente cerca, pero he de reconocer que me sentí un poco avergonzada por pasar por todo el centro y sentirme mirada, era la primera vez que me pasaba.



Cuando llegue a la parroquia me encontré con mis amigas, mis grandes amigas de toda la vida (excepto Virgi, que tuvo que cambiar su día para no coincidir con su prima). Allí estaban María, Gloria y Carla ¡más guapas que nunca! Y todas nos abrazamos súper nerviosas y emocionadas, además cada una teníamos tareas diferentes, una daba la bienvenida a los asistentes, otra cantaba, otra hacía ofrendas y yo, que leía.

Se acercaba la hora, respire, cogí el velón que nos hacían llevar con miedo a mancharme, ya que mi madre me había recordado hasta la saciedad que el vestido no era mío y que tuviese cuidado; y comenzamos la ceremonia.

En el altar recuerdo perfectamente ver a los míos sonriéndome, lo que me dio un subidón increíble para leer una de las cartas de San Pablo a los corintios (si, todavía me acuerdo jajajaja). Otras de las cosas que recuerdo, es al compañero que tenía al lado todo el rato riéndose de una catequista que se llamaba Soledad con la broma que corría por aquellos años de “Sole, que te pego con el mechero”, que tiempos aquellos. Y también del amargor que me produjo mi primer trago de vino (quien iba a decir que luego me gustaría tanto tomarme una copita en casa con mi pareja, o en los bares con los amigos) y de cómo nos advirtieron las catequistas y las monjas de que no pusiésemos malas caras por ello.

Luego llegaba la celebración y como os comente arriba, en mi caso, no fue muy grande, se invitó a mis abuelos por parte paterna que vinieron desde León, a mi tía Tere que vino desde Burgos por la materna, y a mis amigos Lidia y Fernando. Se celebró en mi casa y ese día mis padres me dejaron elegir el menú, que elegí… TACHÁN-TACHÁN… de primero lasaña, de segundo macarrones y de postre helado de leche merengada ¡toma ya! Menú infantil donde los haya jajajaja. Supongo que los mayores comieron otra cosa.

Otra de las cosas que recuerdo es que con los detallitos que regale, que por aquella época no pasaban de las típicas fotos con los marcos de cartón más horteras que nuestras madres encontraban, conseguí sacar ¡80.000 ptas. de propina! Eso antes era un mundo… y pude comprarme la Mega Drive y una tele chiquitita para mi cuarto de juegos.

Con todo esto, ¿cómo no voy a recordar mi comunión como uno de los mejores días de mi niñez? Por eso, me pregunto, ahora que hay tantísimas cosas chulas como Candy bar, fuentes de chocolate, hinchables, espectáculos, fotomatones, photocall y a precios tan tirados ¿Por qué no dar a nuestros niños estos recuerdos tan maravillosos sólo que multiplicados por 1000? Y así ellos el día de mañana podrán contarnos su celebración con tanta añoranza como hoy lo he hecho yo.






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